Postales de domesticidad urbana

Postales de domesticidad urbana

En la sociedad occidental contemporánea, la acción de salir a la calle conlleva toda una serie de preparativos que tienen que ver con una manera de entender el espacio fuera de la casa. Un afuera donde nos hemos aleccionado como brillantes alumnas bajo el manual del ciudadano, que habla sobre el comportamiento correcto, los buenos modales, las posiciones corporales adecuadas e incluso define una vestimenta que es propia de la calle. Este civismo y formalidad angustia —y agota— las posibilidades infinitas que ofrece el espacio convivencial más allá de la sala de estar y el recibidor de casa. Hemos sido bien instruidas para entender que lo privado y lo público son dos esferas rígidamente separadas, que lo uno no cabe en lo otro, que son antagónicas y difícilmente se entienden. Sin embargo una apuesta por la conciliación entre lo público y lo privado promovería la promiscuidad, el mestizaje y la porosidad entre ambas dimensiones, aceptando las diferencias como oportunidades y expandiendo y enriqueciendo los puntos de encuentro.

Qué de vida aporta una playa urbana o un parque urbano a una ciudad, donde las formas de estar en los espacios comunes toman un cariz más informal, más relajado, más doméstico. Los cuerpos se desparraman por el suelo, arena o hierba, la desnudez de pies y cuerpo se desinhibe, los movimientos son más ondulantes que direccionales, el mobiliario urbano se enriquece con sillas y mesas con un abanico amplio de colores, tamaños y formas, incluso las fachadas decimonónicas se rejuvenecen. O cuando es tiempo de fiestas patronales, las ciudades y pueblos se travisten con adornos, el sonido y la presencia del automóvil se silencia, y la experiencia urbana se mezcla con otras prácticas que estamos acostumbrados a comprenderlas como más propias del espacio casa, como cocinar, comer, recoger, limpiar, organizar, bailar, reir, con la particularidad de estar creando un momento de vivencia doméstica en un entorno con gente conocida y no tan conocida.

Estas son situaciones urbanas que suceden bajo la condición de la excepcionalidad. Pero aun siendo permitidas por su singularidad y limitación en el tiempo y espacio, poseen una potencialidad de cambio por el mismo hecho de ser circunstancias y vivencias colectivas que conectan con el bienestar, y ello las convierte en una semilla con poder transformador encomiable. La sensación de haber vivido una realidad que es beneficiosa en los aspectos de sociabilidad relacional, de pertenencia de comunidad y sororidad, y tomar consciencia de lo que el espacio urbano puede proporcionarnos en los aspectos de calidad de vida, no es nada desdeñable. Podríamos situar el shock colectivo que produjo el impacto en nuestras vidas el periodo de confinamiento en este tipo de acontecimiento-simiente.

Sería este entonces un momento propicio para disponernos a abrir las puertas de las ventanas de casa de par en par y disponernos a mirar a través de ellas para encontrar las maneras de habitar la casa que hay en la calle. Seguramente una coyuntura donde no se sabe qué va a ocurrir, donde se hace difícil proyectar si no es replicando los esquemas aprendidos, augura un urbanismo con vocación cada vez más diagnóstica-propositiva y estratégica, creadora de coyunturas que posibiliten testear situaciones deseables. Es decir, este campo de cultivo que procura la incertidumbre es fértil para atrevernos a prototipar escenas domésticas de calle y hagamos que su observación empírica y no apriorísta se convierta en la base de la disciplina urbanística. Esto supondría planificar con afirmaciones no cerradas y desprendernos de explicaciones de comportamientos normativos y predecibles —limitantes—, para actuar como punto de partida, con procesos de diseño con estatus de prototipo.

Sería tarea previa a ponernos manos a la obra, la reformulación del vocabulario asociado al espacio público, el abordaje de algunos miedos en relación a la apertura de la calle como casa, la aligeración de la vía principalmente restrictiva con la que se encara el orden público del espacio de convivencia —como espacio de poder que es—, la ampliación de las asociaciones interiorizadas de lo que un espacio público podría ofrecernos, y considerar que un espacio saludable no se ciñe a las características físicas, sino que habría que considerar los aspectos que atañan a la dimensión emocional y relacional —que si bien no son el campo de actuación de la arquitectura, no puede desligarse de ella—.

Sirvan las siguientes postales de palabras que se exponen a continuación como imágenes de futuros probables que nuestras cámaras digitales pudieran captar en algún rincón de nuestras ciudades del mañana. Algunas postales recrean escenarios urbanos que pudieran tener connotación de exaltación del pasado y se imaginarán en blanco y negro, por la cotidianidad perdida que rezuman. Lo cierto es que cualquier impulso de actividad doméstica en la calle habría que sobreprotegerla para que el mercado económico no lo capitalizase y sucumbiese a su comercialización, ya que esa ha sido la deriva sufrida por el espacio público en el último siglo. La falta de domesticación de la calle está en relación con el proceso de monetarización del espacio público, que ha hecho que se ponga en venta. Para contrarestar esta mala costumbre, las postales que se presentan tienen vocación de insuflar humanidad y cuidados a las escenas rudimentarias de nuestras calles y plazas, acentuando la belleza intrínseca en la interacción fortuita y provisional de dos o más desconocidos.

Postal nº1. Pasar el suelo

Un hombre de mediana edad y en zapatillas de casa canturrea mientras mueve su fregona de lado a lado. Se encuentra en la calle de la panadería, a la altura de la mercería. Previamente ha barrido las hojas, la arenita que se aglutina en las esquinas de los peldaños de piedra y ha retirado con una espátula un chicle aplastado en el suelo. Sus movimientos son lentos pero cuidadosos, eliminando todo elemento que pudiera considerarse resbaladizo y guardándolo concienzudamente. El cubo de la fregona se apila junto con otros materiales de limpieza en un almacén que se encuentran disponibles en la esquina del quiosco.

Postal nº2. Regar las plantas

Unos niños cogen agua de la fuente de la plaza y se acercan a las caléndulas, kalanchoes y estevias que se encuentran en diferentes macetas alrededor de una repisa de ladrillo caravista que se compone de varias alturas y que resuelve un salto de nivel entre las calles que limitan el espacio central. Han acordado con la propietaria de las plantas que se ocuparían de cuidarlas para poder jugar en los juegos del patio trasero de su vivienda, y al mismo tiempo las plantas que adornan la ciudad le proporcionan a su propietaria aprovechar el compost comunitario para el abono de su jardín privado del patio trasero.

Postal nº3 Preparar la comida

La imagen de una calle aterrazada abre el apetito. La alta ocupación de varias superficies de calle que dan frente a edificios de viviendas muestran que es la hora de comer. Algunos comensales se nutren de carecolas y tomates que dotan desde sus viviendas, otras portan carros con utensilios traidos de viviendas con localización más alejada, atraidas por la coyuntura arquitectónica para hacer un picnic. No parece un acto ocasional; se percibe una relación amistosa entre algunas mesa, y comparten productos. Es el comedor de la ciudad.

Postal nº4 Echarse un rato

Los tilos que habitan en esta parte de la ciudad no forman ni un parque ni una calle. Es un espacio delimitado por edificaciones que deja un espacio de vegetación que puede transitarse de forma lineal. La sombra y la superficie mullidita vegetal invita a una siesta colectiva; unos retozan en el suelo, otros tomando el tronco como apoyo, otros se sirven de su ropa para acomodarse. Una mujer pasea descalza y recibe un masaje en los pies. Cuerpos semi-desplomados toman una trama de la ciudad.

Postal nº5 Haciendo labores

Varios corros de personas, pequeñas y adultas, toman los petriles de la calle para compartir trabajos; pelan avellanas, se concentran en los deberes de escuela, zurcen y tejen, afinan instrumentos, colorean camisetas, arreglan bicicletas. El caminante que sale de la tienda se interesa sobre la actividad que desarrollan. La vecina del segundo baja para ofrecer limonada. Otros vecinos observan desde sus balcones. La estructura-calle demuestra sus posibilidades como teatro, con escenario y palcos.

 

Bibliografía inspiradora:

Izaskun Chinchilla. La ciudad de los cuidados. Madrid: los libros de la catarata, 2020.

BoschCapdeferro. Occupations, graphic vocabulary for public space domestication.

Manuel Mayorga Morón. Domesticando la calle. Expansión de los espacios domésticos sobre el espacio público urbano. TFM Escuela Técnica Superior Arquitectura de Madrid, 2017.

 

Créditos imagen:

Dani Blanco, Argia

 

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Ula Iruretagoiena

Arquitecta, urbanista y profesora en la escuela de Arquitectura de la UPV-EHU. Co-comisaria de Ciudad y otras políticas de Tabakalera-Donostia, un proyecto que cuestiona las políticas que atraviesan las acciones y estrategias de gobierno y control sobre lo público.

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